primavera

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martes, 5 de abril de 2011

Capitulo 8

Ángel oscuro

Aun estaba en shock, sentada en piso llorando y moqueando como una niña pequeña, yo tonta de mi, había odiado a este hombre (bueno más bien ángel) por abandonarnos, y ahora que la verdad estaba en mis manos simplemente no me podía controlar. Se subí en la cama y tome una de las almohadas, la abrace fuerte y me puse llorar.

La puerta azotándose fue lo que me despertó, Nicholas estaba de regreso en su habitación, la luz del sol se había ido, gracias a mi nuevo estatus de ángel guerrero podía ver en la oscuridad, esta noche a pesar de que las ventanas tenían las cortinas abiertas ningún rayo de luz se colaba desde ahí. Hoy era luna nueva.

Ignorándome por completo Nick se dejo caer con pesadez sobre el sillón, respiraba con dificultad y estaba bañado en sudor, como si acabara de correr un maratón.

- Oye tu cita fue extrema o que cosa, te vez fatal – bromee, el se enderezo a verme y lucia realmente sorprendido... más que sorprendido, aterrado.

- ¿Qué haces aquí? – murmuro.

- Pues me dijiste que leyera aquí la carta y me fuera cuando quisiera, y pues sin querer me quede dormida, lo siento, yo me iré ahora mismo – pero en cuanto mis pies tocaron el piso, cada uno de los símbolos grabados por toda la habitación brillaron con un color azul intenso, haciéndome soltar una maldición por la sorpresa.

- Te dije que la leyeras aquí, pero no para que te quedaras a moquear y berrear como un bebe, diablos Iris, en verdad eres un dolor en ... – no pudo terminar esa frase, una convulsión lo hizo estremecerse y caer al suelo, mientras se abrazaba a sí mismo con fuerza.

- Esta broma ya cayo de mi gracia, me largo - gruñí, pero en cuanto intente tocar la puerta una pared invisible me impidió acercarme, y lo mismo ocurrió cuando lo intente con las ventanas.

- Ya no queda tiempo, escóndete en el baño, ponle seguro a la puerta y no salgas de ahí hasta que amanezca – mascullo, apretando los dientes, y temblando descontroladamente.

- ¿Qué te pasa, estás enfermo? – dije acercándome para ayudarlo aponerse de pie pero cuando intente tocarle el se alejo de mi.

- Vete, corre... ya – no lo hice, supongo que de cualquier modo no me habría dado tiempo de llegar hasta la puerta, un grito de dolor salió de su boca y en instantes se transformo en una risa, una risa maniaca que me puso los pelos de punta.

- Nick, maldito bastardo, deja de bromear – dije lanzándole un golpe, pero su mano encontró mi puño antes de que pudiera hacer contacto con su cara.

- Nicholas es lo máximo, mira que ponerme la venganza en bandeja de plata – dijo apretando mi mano con tanta fuerza que sentí que todos los dedos se me rompían.

- Nick, déjate de juegos – pero era inútil, cuando levanto su rostro no eran Nick quien me miraba, este tipo se parecía a él, pero su voz era grave y tenebrosa, sus ojos cambiaron, ya no eran esos pozos negros cargados con una mezcla de picardía, melancolía y diversión, ahora eran rojos como la sangre, y llenos de odio, y satisfacción enfermiza.

- Nick?... te refieres a Nicholas, el se ha ido, esta noche no hay luna, esta noche soy libre para controlarlo a mi antojo – dijo él, sonriendo – veo que no lo sabes, Nicholas Cantú, el maravilloso y perfecto ángel guardián, el mejor de la clase, el que nunca falla una misión, el perfecto Nick, no es tan perfecto.

No podía articular palabra, y menos cuando de sus espalda y rasgando por completo su camisa de seda, salieron un par de alas negras, me tomo por la cintura y me tumbo en la cama, su cuerpo sobre el mío impidiéndome zafarme de su agarre.

- Hueles a arcángel, apestas a él – dijo arrugando la nariz – no cabe duda que eres su hija, la pequeña Iris, la perfecta hija de dos ángeles de sangre pura – dijo en tono burlón, mientras deslizaba una de sus manos a lo largo de mi brazo, sobre mi cintura para descansar firmemente en mi cadera, temblé ante su gélido tacto, en verdad no me había dado cuenta antes, pero él estaba helado.

- ¿Quién eres? – logre decir al fin.

- Nicholae, soy la otra mitad de Nick, así como tú eres especial por ser un ángel puro, nosotros también lo somos, somos hijos de la unión entre un ángel y un demonio, se supone que seríamos gemelos, pero yo no sobreviví al parto, pero mira qué curioso, de algún modo logre atar mi espíritu a su cuerpo, y ahora somos dos en uno, pero ese maldito del arcángel Gabriel, me sello en su cuerpo grabando en su piel un tatuaje de su sangre combinada con tinta, ahora solo puedo salir cuando no hay luz, cundo la luna llena se oculta por completo.

Mientras el tarado murmura sus incoherencias, yo había logrado zafar mi brazo de su agarre, deslice mi mano en el bolsillo de mis jeans para tomar la daga de plata de papá. “No lo ataques, solo lograrías enfadarlo más”, esa voz entro directo en mi cabeza, “el relicario Iris, usa el relicario, tiene mi sangre, si mi sangre pudo sellarlo una vez, puede hacerlo ahora, ponle el relicario alrededor del cuello” era mi padre, me su voz sonaba inestable, el estaba preocupado por mí.

- Así que Nicholae – logre balbucear al fin – lindo nombre – dije soltando la daga y dirigiendo mi mano libre hasta su rostro, el parecía sorprendido y al mismo tiempo satisfecho por mi reacción.

- No me tienes miedo – pero no era una pregunta yo lo sabía – mi padre siempre tuvo razón, a las angelitas les encanta lo prohibido – ronroneo sobre mi cuello, mientras yo bajaba mi mano de su rostro su pecho.
“Que infiernos haces Irialis Caroline Romero, te dije que le pusieras el relicario, no que lo sedujeras” gruño papá, Jesús! tenía tanto tiempo desde alguien había dicho mi nombre completo, sonreí como una tonta, mi papá me amaba, se preocupaba por mí. Pero Nicholae creyó que esa sonrisa tenía otro significado, así que acerco su rostro al mío.

- No eres tan malo – dije en tono burlón, depositando un leve beso en sus labios, el se pego a mi boca, besándome con más fuerza, mientras sus manos me sujetaban firmemente por las caderas, dejando libres mis brazos (perfecto), con una mano me zafé el relicario mientras con la otra lo tome por el cuello impidiéndole ver lo que hacía.

- Eso es princesa, demuéstrale a tu padre que no existe perfección, que sin importar de quien seas hija, el mal siempre seduce, siempre – dijo sobre mis labios, beso mi cuello, y justo cuando se disponía a bajar con ese beso un poco más de lo debido, logre colocarle el maldito relicario – su piel se calentó, soltó una maldición e intento sacarse el collar, pero sus dedos humeaban en cada intento – tu maldita zorra, dijo tirándome de la cama – dios el golpe dolió horrores.

“ No es suficiente, necesitas cortarlo ahora” grito papá “cortarlo?, dijiste que no le hiciera nada” le grite de regreso, “el solo se quedara quieto un momento, es necesario un hechizo vinculante, corta su palma y la tuya, el resto creo que ya te lo debes imaginar”.

Si me lo imaginaba y lo había leído también, el intercambio de sangre entre dos ángeles los unía como camaradas, en una relación estrecha donde se comprometía a cuidarse mutuamente como hermanos. Corte mi palma primero y sus ojos centellearon en anticipación de lo que pensaba hacer.

- Tu maldita bruja, ni siquiera lo intentes – dijo arrastrándose sobre el piso, santa madre como podía tener tatas fuerza, tuve que sentarme a horcadas sobre él para detenerlo, tome su mano en un ágil movimiento y con una velocidad que, debo confesar nos sabía que podía llegar tener corte la palma de su mano derecha y estreche mi mano herida con la suya.

Fue como una explosión de fuegos pirotécnicos, vi mil imágenes en desorden, su niñez, su vida en el instituto, su madre, tía Lety, el siendo enclaustrado por primera vez cuando solo tenía 7 años, sentí el dolor desgarrador que acompañaba el hecho que Nicholae tomara control de su cuerpo, ambos gritaron al mismo tiempo (Nick y Nicholae en verdadero grito de tortura), lagrimas escaparon de mis ojos, dolía, podía sentir su dolor, no solo físico, también emocional, no podía soportarlo, tenía que evitar que el siguiera sintiendo ese dolor, pero ¿cómo?.

“Bésalo” dijo papá con voz resignada, casi como un suspiro.

Me incline sobre él y lo bese, lagrimas corrían por su rostro y se mezclaron con la mías, ese beso sabia a sal, y a sangre, el se había mordido los labios en un intento por detener su grito de agonía, lo deje entrar en mi boca, saboree el dulce sabor de su lengua, mientras soltaba su mano, para enredar mis brazos al rededor de su cuello, el soltó un gemido, mitad dolor, mitad placer, me hizo temblar de pies a cabeza, el se movió más cerca de mi cambiando de posición ahora era yo quien estaba bajo su cuerpo, sus manos me tomaron por la cintura, apretó su cuerpo contra el mío. Entonces, nuestra respiración y el latido de nuestros corazones se pusieron a la par, era como compartir un mismo cuerpo, la sensación fue tan impresionante que nos separamos de inmediato.

- No vuelvas a acercarte a mí – gruño, poniéndose de pie y tirándose en la cama.

- Seguro, como si tuvieras tanta suerte – le contesté acostándome en el sillón.

- No debiste – dijo enderezándose para mirarme, sus ojos aun estaban llorosos, pero era de nuevo sus esos preciosos ojos oscuros, era Nick, y eso de algún modo me hacía sentir segura.

- Hazme un favor – dije sentándome tan de prisa que casi caigo del sillón, no creí que a él aun le quedaran fuerzas pero me sorprendió saltando para detener mi caída – no te quites ese relicario hasta que amanezca – murmure sobre su pecho.

- Y tu hazme un favor también – dijo tomándome entre sus brazos y llevándome hasta la cama – no vuelvas a besarme nunca más, y si necesitas algo, no me busques en luna nueva – dijo acostándome junto a él y acunándome en sus brazos.

- Estoy demasiado cansada como para objetar algo, solo quiero dormir – balbuceé, mis ojos casi cerrándose.

- Entonces duerme angelito, porque mañana tendré que dar muchas explicaciones – dijo tapándome con sus mantas y apretándome contra su cuerpo.

Es gracioso, a pesar de tiempo, esa noche la recodaría siempre, no me arrepentía de nada, porque por primera vez en mucho tiempo me sentí segura, me sentí en casa.

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